En uno de los parajes costeros de más belleza de Tenerife, el faro de Punta Teno lanza sus destellos al mar cada noche desde 1897. Con su viejo edificio rehabilitado, su pequeña cala refugio para barquillas y su modesto embarcadero, es un lugar atractivo que visitar. Pero su actual carretera era un sinuoso y peligroso sendero décadas atrás.
Agustín Ten Becerro, torrero que se jubiló a principios de 1999 en el faro de La Isleta, recuerda su estancia en Punta Teno. Estuvo de 1958 a 1961, cuando aún no ha había carretera. Hasta el pueblo más cercano, Buenavista del Norte, eran cuatro horas de caminata. “Nosotros íbamos a comprar. Como no había nada en aquel tiempo, pues íbamos a comprar papas cuando había, y huevos: un huevo, una perra. Cada dos semanas, porque no teníamos zapatos. Nos poníamos alpargatas y después al llegar, los zapatos”. Vivía con su familia y con otro torrero y su familia, en las dos viviendas de que disponía el edificio del faro. “Había un aljibe de agua, que a veces no llovía [y no se llenaba], faltaba el agua y venía de la playa de Alcalá un barquito de don Heliodoro Rodríguez López, de la factoría [de pescado]. Esos barcos iban a La Gomera y venían cargados de atunes y cuando pasaban por el faro, en un muellito pequeño que tenía, [gritaban] ¡fareroo! y nos daban dos o tres atunes”.
Por ese muellito llegaban o salían a veces los propios torreros con sus familias para evitar el tortuoso camino a pie. “En el faro había muelle, pero como la marea estaba mala siempre allí, ¿qué hacíamos?, íbamos caminando a Callao Márquez, un callao en un recodo, la falúa entraba y a los niños los tirábamos para que los cogieran. ‘¡Tíralo!’ [avisaban a bordo], lo tirábamos y lo cogía el marinero; y las maletas igual”.
El mal tiempo los dejó una Navidad sin una gallina que criaban para comérsela. Recuerda Agustín Ten que esa gallina la criaba con Leoncio, el otro torrero, “pero vino un mal tiempo y se la llevó. Tenía su gallinero y todo, con su puerta, pero se metió un temporal y desapareció. Y tampoco apareció el abastecedor, porque no podía venir ni por tierra ni por mar”.
El mismo problema
Antonio
Hurtado Herrera llegó justo después que Ten Becerro a este destino, en 1961, y se quedó hasta que se jubiló, dejando el faro automatizado y sin torrero de relevo. “Ya habían suprimido la lámpara Maris que había en un principio, de dos mechas, porque fue inaugurado en marzo de 1897; cuando yo vine estaba la instalación Aga, que era un destellador de llama desnuda con tres boquillas múltiples y una válvula solar que tenía la misión de apagar y encender. En 1978 se cambió todo y se puso la torre nueva, con una instalación Dalen, con camisa de 25 litros y todo funcionando bajo el acetileno disuelto en acetona y con válvula. La característica son tres destellos blancos cada 20 segundos”. Pero, recuerda, este faro “tenía un problema: no había carretera, era bastante penoso y mi mujer y mis hijos se quedaron a vivir en Buenavista del Norte. Caminando suponía casi unos 20 kilómetros, había que subir a 600 y pico metros y bajar; o bien coger la guagua, irnos al puerto de Santiago y alquilar una barca, porque en el sur el tiempo siempre es magnífico, salvo en contadas ocasiones. Y ya después al ingeniero se le ocurrió, yo creo que más con vista en el turismo que nosotros, abrir una carretera [a mediados de los años 70] y la cosa se simplificó”.
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En la azotea de las viviendas de los torreros, la vieja torre del faro apenas sobresale. Al fondo, la silueta de La Gomera./ Y. M. |
“Por cierto –añade–, que la carretera tiene una anécdota muy buena, y es que estaban trabajando por los dos lados, por la del norte y por la de Teno y se tenían que encontrar y el ingeniero decía ‘a ver si ahora nos hemos equivocado en las medidas y sale uno por arriba y otro por abajo’, como el chiste, por el mismo precio dos carreteras. Y la anécdota es que mi mujer y mi hija fueron las dos primeras mujeres que atravesaron el túnel”. Pero de su llegada a tan apartado lugar tiene buenos recuerdos. “A mí me encantó el faro por la soledad”. Aunque el sendero, reconoce era “una paliza de padre y muy señor mío”. Y aquí tiene otra anécdota: “Había pasado por lo menos un año y medio y me dio por ir un día solo y me dice el auxiliar: ‘No vaya solo que se va a perder’. Pero yo, dándomela de enterado cogí el camino y si no es por unos pastores que están allí todavía estoy dando vueltas a la misma casa. Porque arriba hay mucha niebla, entonces empezaron los perros a ladrar, vino el pastor ‘¿quién es? ¿quién es?’ y por mediación de las voces nos encontramos”./
Yuri Millares
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