Portada de la edición en papel
Diseño: Luis Jimenez Mesa

 

Sumario
Nº 24 Junio de 2006
(final de la III Temporada)

El Reportaje
Los mejores vinos canarios 2006

Recuerdos
José Gregorio González/Luces populares, entre brujas y aparecidos

Senderos
Seima a Playa Santiago
David Bramwell / Los perros locos y los ingleses

Mi Oficio
Amalita, sombreros de Taganana

Patrimonio
Serie faros: Punta Teno (Tenerife)

Menú
Restaurante Solana

Bodega
El Ancón

Historia Oral
Fernando, pocero


Número 24 - Junio de 2006

Patrimonio | SERIE FAROS: PUNTA TENO
Historias de dos torreros

El viejo edificio (1893), restaurado, del faro de Punta Teno y, detrás, la torre de hormigón con el nuevo faro (1978)./ Y. M.


En uno de los parajes costeros de más belleza de Tenerife, el faro de Punta Teno lanza sus destellos al mar cada noche desde 1897. Con su viejo edificio rehabilitado, su pequeña cala refugio para barquillas y su modesto embarcadero, es un lugar atractivo que visitar. Pero su actual carretera era un sinuoso y peligroso sendero décadas atrás.

Agustín Ten Becerro, torrero que se jubiló a principios de 1999 en el faro de La Isleta, recuerda su estancia en Punta Teno. Estuvo de 1958 a 1961, cuando aún no ha había carretera. Hasta el pueblo más cercano, Buenavista del Norte, eran cuatro horas de caminata. “Nosotros íbamos a comprar. Como no había nada en aquel tiempo, pues íbamos a comprar papas cuando había, y huevos: un huevo, una perra. Cada dos semanas, porque no teníamos zapatos. Nos poníamos alpargatas y después al llegar, los zapatos”. Vivía con su familia y con otro torrero y su familia, en las dos viviendas de que disponía el edificio del faro. “Había un aljibe de agua, que a veces no llovía [y no se llenaba], faltaba el agua y venía de la playa de Alcalá un barquito de don Heliodoro Rodríguez López, de la factoría [de pescado]. Esos barcos iban a La Gomera y venían cargados de atunes y cuando pasaban por el faro, en un muellito pequeño que tenía, [gritaban] ¡fareroo! y nos daban dos o tres atunes”.

Por ese muellito llegaban o salían a veces los propios torreros con sus familias para evitar el tortuoso camino a pie. “En el faro había muelle, pero como la marea estaba mala siempre allí, ¿qué hacíamos?, íbamos caminando a Callao Márquez, un callao en un recodo, la falúa entraba y a los niños los tirábamos para que los cogieran. ‘¡Tíralo!’ [avisaban a bordo], lo tirábamos y lo cogía el marinero; y las maletas igual”.

El mal tiempo los dejó una Navidad sin una gallina que criaban para comérsela. Recuerda Agustín Ten que esa gallina la criaba con Leoncio, el otro torrero, “pero vino un mal tiempo y se la llevó. Tenía su gallinero y todo, con su puerta, pero se metió un temporal y desapareció. Y tampoco apareció el abastecedor, porque no podía venir ni por tierra ni por mar”.

El mismo problema Antonio
Hurtado Herrera llegó justo después que Ten Becerro a este destino, en 1961, y se quedó hasta que se jubiló, dejando el faro automatizado y sin torrero de relevo. “Ya habían suprimido la lámpara Maris que había en un principio, de dos mechas, porque fue inaugurado en marzo de 1897; cuando yo vine estaba la instalación Aga, que era un destellador de llama desnuda con tres boquillas múltiples y una válvula solar que tenía la misión de apagar y encender. En 1978 se cambió todo y se puso la torre nueva, con una instalación Dalen, con camisa de 25 litros y todo funcionando bajo el acetileno disuelto en acetona y con válvula. La característica son tres destellos blancos cada 20 segundos”. Pero, recuerda, este faro “tenía un problema: no había carretera, era bastante penoso y mi mujer y mis hijos se quedaron a vivir en Buenavista del Norte. Caminando suponía casi unos 20 kilómetros, había que subir a 600 y pico metros y bajar; o bien coger la guagua, irnos al puerto de Santiago y alquilar una barca, porque en el sur el tiempo siempre es magnífico, salvo en contadas ocasiones. Y ya después al ingeniero se le ocurrió, yo creo que más con vista en el turismo que nosotros, abrir una carretera [a mediados de los años 70] y la cosa se simplificó”.


En la azotea de las viviendas de los torreros, la vieja torre del faro apenas sobresale. Al fondo, la silueta de La Gomera./ Y. M.

“Por cierto –añade–, que la carretera tiene una anécdota muy buena, y es que estaban trabajando por los dos lados, por la del norte y por la de Teno y se tenían que encontrar y el ingeniero decía ‘a ver si ahora nos hemos equivocado en las medidas y sale uno por arriba y otro por abajo’, como el chiste, por el mismo precio dos carreteras. Y la anécdota es que mi mujer y mi hija fueron las dos primeras mujeres que atravesaron el túnel”. Pero de su llegada a tan apartado lugar tiene buenos recuerdos. “A mí me encantó el faro por la soledad”. Aunque el sendero, reconoce era “una paliza de padre y muy señor mío”. Y aquí tiene otra anécdota: “Había pasado por lo menos un año y medio y me dio por ir un día solo y me dice el auxiliar: ‘No vaya solo que se va a perder’. Pero yo, dándomela de enterado cogí el camino y si no es por unos pastores que están allí todavía estoy dando vueltas a la misma casa. Porque arriba hay mucha niebla, entonces empezaron los perros a ladrar, vino el pastor ‘¿quién es? ¿quién es?’ y por mediación de las voces nos encontramos”./ Yuri Millares

 


 

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Detalle de la pared exterior del almacén del faro de Punta Teno./ Y. M.

ESCRITO EN PIEDRA
Un tío con una bombillita

La obra de construcción del faro de Punta de Teno se extendió entre los años 1891 a 1893, y su entrada en funcionamiento no tuvo lugar hasta 1897. Como los faros de la época, constaba de un edificio con las viviendas para dos torreros con sus familias, de pequeñas dimensiones, alrededor de un patio, además de la oficina y el almacén y una torre de 7,62 metros con piedra extraída de una cantera de la cercana isla de La Gomera. El torrero Antonio Hurtado, destinado a este faro muchos años, fue testigo de cómo en 1978 se construyó otra torre de hormigón que elevaba la altura de su señal hasta 20 metros del suelo (59,6 del nivel del mar). Una nueva torre que, igual que otras de la década de los 70 del siglo XX, era (y es) “muy fea”. Hurtado la describe como “un bloque de cemento con una máquina que la dirigen desde un cuarto con un ordenador y no tiene vida. Pero ha ganado en tranquilidad, porque tampoco hay derecho en el siglo XXI ya, que un tío con una bombillita tenga que pasar tantas calamidades”. Se refiere al sistema de vigilancia y control por ordenador diseñado, fabricado e instalado a partir de 1999 por los técnicos de señales marítimas de la Autoridad Portuaria de Santa Cruz de Tenerife/ Y. M.